Inversiones Maslosa / Actualidad / Notas de Prensa
Notas de prensa
Cada año, esta fecha me recuerda no solo la celebración que le habría correspondido, sino todo lo que dejó pendiente en su vida y en la nuestra.
Han pasado treinta y un años desde que se fue y todavía hay días en los que me sorprendo pensando en él como si aún estuviera aquí. Treinta y un años de silencios, de recuerdos que no envejecen. De palabras que se quedaron sin decir. De momentos que jamás existieron. Treinta y un años de imaginar todo lo que pudo haber sido… y no fue.
En el Evangelio de Juan 14:1-12, Jesús les dice a sus discípulos:
“No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si así no fuera yo os lo habría dicho, voy, pues, a preparar un lugar para vosotros. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino”.
La Navidad tiene una forma peculiar de habitar en el corazón. Se esparce como una luz tenue que acaricia las heridas, como un eco que resuena en los rincones donde guardamos los recuerdos más queridos. Es una época hecha de contrastes, donde el brillo de las luces en las calles parece confrontar con las sombras que, a veces, llevamos dentro.
Pedro se adentró en la eternidad,
dejando atrás el silencio de la ausencia
y el resplandor de su memoria.
Con su partida nos privó de la excelencia de su filosofía de trabajo,
de su sensibilidad artística y cultural,
de su exigencia en el rigor y en el esfuerzo continuado,
de su carácter abierto y espontáneo,
de su cordialidad, de su comprensión,
y de la sencillez que tanto alumbró en su vida.
Mi padre fue el testimonio de que la vida no está hecha solo de lo que vemos, sino también de lo que soñamos. Y es en esos sueños donde encontramos las conexiones más profundas con quienes amamos, incluso cuando ya no están, físicamente, con nosotros.
La vida, en su forma más elemental, se alza como un regalo sublime, una joya cuyo brillo solo apreciamos verdaderamente cuando su luz amenaza con extinguirse. En su infinita sabiduría, se convierte entonces en nuestra mentora más abnegada y, en ocasiones, más implacable. Nos guía por caminos sinuosos, sembrando desafíos que ponen a prueba el crisol de nuestras percepciones y nos transforman con cada paso que damos.
Hay una bella carta, surgida de la voz del canónigo inglés Henry Scott Holland —inspirada a su vez en un sermón de San Agustín— que, al asomarse el misterio de la muerte, dice así:
“No lloréis si me amabais. ¡Si conocierais el don de Dios y lo que es el Cielo! ¡Si pudierais oír el cántico de los Ángeles y verme en medio de ellos!
¡Si pudierais ver desarrollarse ante vuestros ojos los horizontes, los campos eternos y los nuevos senderos que atravieso!
¡Si por un instante pudierais contemplar, como yo, la belleza ante la cual todas las bellezas palidecen!
En pocos días habremos dejado atrás 2022, un año entero en el que la vida seguramente ha traído un poco de todo. Nuevos encuentros, algunas despedidas, instantes de tristeza compensados con momentos de alegrías, control y fluidez… la vida en constante equilibrio. Toca agradecer todo ese recorrido y a cada una de las personas que lo habéis acompañado: colaboradores, amigos, familia…
La aparición de este libro ponía así término a un proceso largamente compartido, tantas veces comentado y seguido de cerca, en el que fuimos testigos de la ilusión y el entusiasmo con que Pedro aguardaba ver concluida una obra a la que había dedicado años de estudio, esfuerzo y reflexión.



