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Fecha: 27/11/2024
Categoría: Notas de Prensa
PEDRO MARTÍNEZ CUTILLAS
IN MEMORIAM

La transitoriedad como fuente de plenitud

PEDRO MARTÍNEZ CUTILLAS
Propietario y Presidente Ejecutivo del Grupo EMMSA

El 26 de noviembre de 2021,
Pedro se adentró en la eternidad,
dejando atrás el silencio de la ausencia
y el resplandor de su memoria.

Con su partida nos privó de la excelencia de su filosofía de trabajo,
de su sensibilidad artística y cultural,
de su exigencia en el rigor y en el esfuerzo continuado,
de su carácter abierto y espontáneo,
de su cordialidad, de su comprensión,
y de la sencillez que tanto alumbró en su vida.

Su impronta trascendió el tiempo,
sembrando luz en su recuerdo
como vestigio de su fuerza, valentía y determinación.

Testimonio inspirador
de cómo la perseverancia, la innovación
y la visión pueden llevar a una persona
desde modestos comienzos
hasta la cima del éxito.

Quienes lo amamos seguiremos honrando su ejemplo,
su camino y su historia.

Conmemoraremos su vida en cada recuerdo,
aplaudiendo sus esfuerzos,
celebrando sus triunfos,
y todo aquello que, con su alegría y pasión,
lo hizo único en nuestros corazones.

Hoy, Pedro habita en el umbral profundo de nuestra alma,
inmutable y eterno.

No en el recuerdo de su rostro,
ni en los instantes que una vez compartimos;
sino en la huella imborrable que dejó,
una presencia que, liberada del tiempo,
perdura allí donde la muerte ya no puede alcanzarla.

Ya no está en la forma en que lo conocimos:
no en su risa,
ni en su voz,
ni en sus gestos.

No está en lo que fue,
sino en aquello que, gracias a su vida,
continúa siendo.

Hoy, Pedro vive en el reflejo de su legado,
que no ha muerto con él.

Su vida nos recuerda que el amor
no depende de la permanencia física.

Que la existencia no se detiene
cuando ya no podemos percibirla del mismo modo;
que no toda sombra es sinónimo de soledad,
sino, a veces, la forma que adopta una luz
que sigue brillando a nuestro lado.

Su ausencia, lejos de ser un final,
se convierte en un breve paréntesis,
ese espacio infinito que acoge el alma,
donde, en su continuo devenir,
aguarda pacientemente el reencuentro.

De esa certeza brota una paz profunda:
la que nace al celebrar lo efímero con gratitud,
al vivir con más serenidad, con más amor,
y con la libertad que otorga saber
que, al final, todo lo que somos
y todo lo que amamos
es solo un paso más
en un camino que no termina aquí.

Cada 26 de noviembre, al ocupar mi lugar en la iglesia, celebro, entre recuerdos, la vida de Pedro.

El Evangelio de este día tan señalado (Lucas 21, 5-11), habla de la destrucción del templo, ese símbolo tan imponente y sagrado para el pueblo de Israel, “días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra, que no sea destruida” y de la necesidad de estar vigilantes, preparados para el momento en que todo lo que tenemos sea dejado atrás.

En un mundo saturado por la necesidad de pertenecer, de dejar una huella imborrable y de abrazarnos a lo que creemos poseer, el pasaje que se nos presenta encierra una profunda lección de humildad y resignación ante lo inevitable. Es un recordatorio de la fragilidad humana, no solo de nuestro cuerpo, sino también de nuestras ideas, nuestras pertenencias y, finalmente, de nuestro paso por este mundo.

Hay algo extraordinario en este ejercicio de abnegación, algo que resuena con la necesidad de reconciliarnos con la transitoriedad de la vida, con la fugacidad de todo lo que conocemos y atesoramos. Nos lleva de la mano hacia un proceso de despojamiento, no de las posesiones materiales, sino de las ilusiones que nos atan a ellas.

Somos seres finitos que buscamos, en su fugacidad, dar sentido y forma a lo que somos. Todo lo que consideramos “nuestro” —sean objetos materiales, relaciones, o, incluso, nuestros propios logros— no nos pertenece realmente. Somos parte de un flujo continuo que sigue su curso, aún cuando ya no estamos presentes.

La primera gran introspección que emerge es la del misterio del tiempo. Vivimos bajo la sombra de la temporalidad, como si pudiéramos, por algún artificio de nuestra voluntad, dominarlo. Pero, como nos señala el Evangelio, el tiempo es un enigma que escapa a nuestra comprensión. No hay nada más cierto que el hecho de que lo que hoy parece eterno, mañana se convierte en polvo, en olvido. Así, el tiempo es la primera gran lección de humildad, nada permanece. Ni nuestras certezas, ni nuestras preguntas. Y, sin embargo, vivimos como si tuviéramos el control, como si el reloj, implacable, pudiera ceder ante nuestra obstinación. El tiempo es nuestro maestro, pero lo ignoramos.

Luego, la Palabra de Dios nos invita a enfrentar algo aún más doloroso, la finitud de nuestro cuerpo, nuestra propia muerte. “No sabéis el día ni la hora”, dice Jesús y al hacerlo, nos recuerda que la vida humana es un fragmento único, irrepetible, entre dos puntos que no podemos alterar. Vivir es habitar la frontera entre el inicio y el fin, entre lo posible y lo definitivo. Comprender que nuestra existencia es transitoria nos impulsa a vivir cada momento con mayor conciencia y autenticidad, como un acto consciente, como una práctica de reconciliación con lo que no podemos evitar.

Las relaciones humanas, tan cruciales en nuestra vida, también son efímeras. Los padres no estarán siempre con nosotros; los hijos, como seres libres, trazarán su propio horizonte. No somos dueños de las personas que amamos y aunque las conexiones son profundas, no dejan de estar marcadas por la libertad que cada ser humano posee, la capacidad de elegir su propio destino.

Reconocer que los demás, aunque cercanos, no están sujetos a nuestra voluntad, que son dueños de su propia realidad, es una lección de libertad y desapego. La vida es una sucesión de momentos que se entrelazan y aunque podamos compartirlos, cada quien tiene el derecho de vivir según sus propias decisiones, sin ataduras. Aquí también encontramos el sentido del amor libre y maduro, el amor que no limita, que no exige, sino que respeta la libertad del otro.

“Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra, que no sea destruida”. La idea de que todo lo que preservamos nos ha sido “confiado en préstamo” redefine por completo nuestra relación con las cosas. Vivimos en un espejismo de poder sobre aquello que solo camina a nuestro lado. Así, la idea de que somos dueños de algo es solo un consuelo efímero, una forma de enfrentarnos a la certeza de que todo, sin excepción, se pierde y a nuestra obsesión por mantener el control sobre lo que no podemos gobernar.

La muerte se llevará lo que con tanto esfuerzo amarramos a nuestro ser. Y en ese mismo sentido, los bienes que acumulamos, los enseres materiales que tanto valoramos, son tan efímeros como nuestra propia existencia, destinados a perder su relación con nuestra identidad y a integrarse en un ciclo de posesión que escapa a nuestro dominio. Lo que fue un fragmento de nuestra historia se tornará ajeno y lo que hoy brilla con el valor del recuerdo, se perderá en la lejanía de otros, sin reflejo de nuestro paso.

En definitiva, todo es mortal, todo está marcado por la extinción. Concebir que los seres y las cosas a las que nos aferramos también tienen su propio ciclo vital es una forma de prepararnos para la inevitable despedida. El apego solo hace más dolorosa la partida, porque creemos tener el poder de conservar lo que nunca estuvo en nuestras manos. Percibir la fragilidad de todo lo que amamos nos libera, nos enseña a vivir con la consciencia de que nada dura para siempre.

Admitir nuestra vulnerabilidad, nuestra mortalidad y la transitoriedad de todo lo que nos rodea no es un acto de desesperanza, sino un acto de liberación. Al aceptar lo que no podemos cambiar, podemos vivir con mayor plenitud, con mayor libertad. Podemos ofrecer a los demás lo que tenemos, sabiendo que nada nos pertenece y que todo es un préstamo. En ese sentido, la grandeza de la vida reside en la sabiduría de vivir en conformidad, sin miedo a lo imprevisible, en la capacidad de vivir plenamente, de ser conscientes de nuestra finitud y, a partir de ella, dar a los demás, lo mejor de nosotros mismos.

Este es el mensaje que nos emplaza a comprender y a vivir, no en busca de lo eterno, sino en la certeza de que cada momento, por breve que sea, es suficiente.

Francisco Massó Mora.

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